Nunca pensé que una voz pudiera desarmarme tanto.
No fue su forma de vestir, ni una mirada sostenida en la oficina, ni siquiera un roce accidental en un pasillo. Fue algo mucho más extraño… y peligroso.
Fue su voz.
Una voz que no veía, que no podía tocar… pero que empezaba a recorrerme como si supiera exactamente dónde quedarse.
El deseo no siempre nace de lo evidente. A veces, se construye en lo invisible… en lo que no se ve, pero se imagina.
Y ahí estaba yo, deseando a una mujer que nunca había tenido frente a mí.
Mi compañera de trabajo.

Todo empezó con llamadas laborales. Frías, directas, necesarias. Su nombre aparecía en la pantalla y yo contestaba sin pensar demasiado.
Hasta que un día… algo cambió.
No sé si fue el tono, una pausa más larga de lo normal, o la manera en que dijo mi nombre. Pero de repente, esa voz dejó de ser solo trabajo.
Se volvió personal.
—“¿Estás sola?”— me preguntó una tarde, con una naturalidad que no era del todo inocente.
Y aunque la pregunta tenía contexto laboral… no sonó así.
Desde ese momento, las llamadas cambiaron.
Seguíamos hablando de lo mismo, de tareas, pendientes, horarios… pero entre cada palabra se colaba algo más. Una intención sutil. Una tensión que ninguna de las dos nombraba, pero que estaba ahí, creciendo.
Empecé a esperar sus llamadas.

A preguntarme cómo sería su mirada cuando hablaba así… si sonreía… si sabía lo que estaba provocando.
Porque sí… lo sabía.
Había silencios que decían demasiado.
Había respiraciones que no encajaban en una conversación “normal”.
Y yo… empecé a responder de la misma forma.
Sin dar pasos evidentes, pero sin retroceder.
—“Me gusta cuando hablas así…”— le dije una noche, casi en un susurro, como si alguien pudiera escucharme.
Ella no respondió de inmediato.
Y ese silencio… fue lo más intenso de todo.
Cuando volvió a hablar, su voz era distinta. Más baja. Más cerca.
—“¿Así cómo?”
Y ahí entendí que ya no había vuelta atrás.
Nunca hablamos directamente de lo que estaba pasando. Nunca dijimos “deseo” o “atracción”.
Pero lo construimos.
En cada llamada más larga de lo necesario.
En cada excusa para volver a marcar.
En cada momento en que ninguna quería colgar.
Era un juego peligroso.
Porque no había miradas que nos delataran.
No había contacto físico que nos frenara.
Solo imaginación.
Y la imaginación… cuando no tiene límites, se vuelve adictiva.
Empecé a pensar en ella más de lo que debería.
A preguntarme qué pasaría si un día dejáramos de escondernos detrás del teléfono.
Pero al mismo tiempo… ese “no vernos” era lo que lo hacía tan intenso.
Porque en mi mente… ella era exactamente como la deseaba.

A veces el deseo no necesita cuerpos.
Solo necesita presencia… intención… y una conexión que se siente, aunque no se vea.
Nunca supe si cruzaríamos esa línea.
Nunca supe si, al verla, todo seguiría igual… o si la magia se rompería.
Pero entendí algo que no esperaba:
Que hay deseos que viven mejor en lo prohibido… en lo incompleto… en lo que nunca termina de suceder.
Y que a veces… una voz puede hacerte sentir más que cualquier piel.
Y en ese punto… ninguna quiso colgar.
Porque cuando el deseo se construye en lo invisible, dejarlo ir se siente como perder algo que nunca se tuvo… pero que ya hacía falta.
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